La tasa de referencia es el precio al que el banco central le presta dinero a los bancos. Nadie la paga en ventanilla, pero es el piso sobre el que se construyen todas las demás tasas: hipotecas, tarjetas, créditos de auto, rendimientos de ahorro.

Cuando sube, prestar se vuelve más caro para los bancos y ellos lo trasladan. Cuando baja, ocurre lo contrario. Hasta ahí, la lógica es simple.

Lo complicado es el tiempo. Un cambio de tasa no se siente el mes siguiente. Tarda trimestres en atravesar la economía, porque primero cambian los créditos nuevos, luego las decisiones de inversión, luego la contratación y sólo al final los precios. Por eso los bancos centrales suelen mover la tasa antes de que el problema sea visible, y por eso sus decisiones parecen siempre a destiempo.

También hay que decir lo que no puede hacer: la tasa no arregla un desabasto, ni un aumento de precios internacionales de energía. Actúa sobre la demanda, no sobre la oferta.

Si quiere traducirlo a su vida: cuando la tasa está alta, conviene revisar deudas a tasa variable y aprovechar rendimientos de ahorro. Cuando empieza a bajar, la ventaja se invierte.