Ciudad de México, 21 de septiembre de 2026.- "La primera víctima de cualquier guerra es la verdad", establece una vieja máxima del periodismo atribuido por igual forma al legendario Ryszard Kapuściński, Tucídides o Heródoto.
Si bien todas las guerras operan con elaborados mecanismos de propaganda que intentan convencer a las masas de su ventaja sobre el enemigo, un terreno como el que plantea el conflicto histórico entre Afganistán y Pakistán se encuentra más allá de cualquier dejo de lo que podría considerarse "normal".
Tan solo de víctimas civiles en lo que va del año se reportan 358 como mínimo en Afganistán y 11 en Pakistán.
Para muestra de la dificultad de este conflicto basta un botón.
Una casa en la provincia de Kunar, en el este de Afganistán, quedó alcanzada este lunes. Dentro había una familia. Tres de sus integrantes murieron y otras cuatro personas resultaron heridas, según el portavoz talibán Hamdullah Fitrat.
El ejército de Pakistán cuenta otra cosa. En un mensaje en X dijo que las víctimas fueron 28 y que todas eran terroristas. También prometió responder "con toda la furia del Estado".
El detonante está a tres días de distancia. El viernes, un ataque contra una comisaría en el distrito de Kohat, al noroeste de Pakistán, dejó 24 muertos, 15 de ellos policías. Lo reivindicó un grupo islamista llamado Shura Ittehad-ul-Mujahideen, facción ligada al TTP.
Nada de esto se puede verificar de forma independiente desde el terreno. Las dos cifras conviven, incompatibles, en la misma frontera.
Es el patrón de los últimos años: un atentado, una respuesta aérea, dos contabilidades distintas. Y una frontera que nadie del todo controla.



