Ciudad de México, 2 de octubre de 2026.- Durante casi medio siglo fue una ciudad vedada a los extranjeros por su valor militar. Hoy, este enclave ruso entre Polonia y Lituania es uno de los destinos más insólitos de Europa, y todavía está fuera de los circuitos turísticos masivos.

Su historia es su gran atractivo. Los caballeros teutónicos la fundaron en 1255 con el nombre de Königsberg. Fue joya de Prusia y cuna de Immanuel Kant, cuya tumba descansa junto a la catedral gótica.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los acuerdos de Potsdam la cedieron a la URSS. En 1946 tomó su nombre actual y su población alemana fue sustituida por colonos soviéticos. Con la disolución de la Unión Soviética quedó separada del resto de Rusia por otros países, una rareza geopolítica que aún marca su identidad.

Hay varias cosas que puedes hacer.

Visitar las puertas prusianas, el Museo del Océano Mundial, la Villa de los Pescadores y las dunas del Istmo de Curlandia, Patrimonio de la Humanidad.

Pero además prueba la gastronomía báltica, con pescados ahumados y dulces de mazapán, y no olvides el ámbar: aquí se encuentra cerca del 90 % de las reservas mundiales.

Al caer la tarde, puedes pasear por el río Pregolya, donde la arquitectura soviética y los vestigios alemanes conviven en un contraste fascinante.