Las estadísticas deportivas tienen un problema de tamaño. Una racha de cinco partidos parece una tendencia, pero cinco partidos son muy pocos para separar un cambio real de la suerte. Casi cualquier equipo encadena cinco buenos o cinco malos resultados en una temporada sin que nada haya cambiado.
Segunda trampa: el promedio. Dos delanteros con 0.5 goles por partido pueden ser jugadores completamente distintos, uno regular y otro que marca tres y luego desaparece seis jornadas. El promedio no distingue.
Tercera: los porcentajes sin denominador. Un 100% de efectividad suena imbatible hasta que uno descubre que es un intento de un intento.
Cuarta: comparar contextos distintos. Números conseguidos contra rivales del fondo de la tabla no equivalen a los mismos números en fases finales, y casi nunca se aclara.
Quinta, la más común: contar la historia primero y buscar el dato después. Si el número se eligió porque confirma la narrativa, deja de ser evidencia.
Un antídoto sencillo: antes de creer una cifra, pregunte de cuántos casos se calculó y contra quién. Con esas dos preguntas se cae la mitad de las estadísticas que circulan.


