Ciudad de México, 21 de septiembre del 2026.- Un kilo de jitomate puede costar la mitad en tres meses. Un corte de pelo, casi nunca.
En condiciones económicas abiertas, como las que rigen buena parte del mundo occidental, cada persona puede colocar el precio que elija por su servicio al cual dedicará tiempo.
La única forma de disminuir estos precios es mediante la competencia entre ofertantes. Cuando solo existe una opción para acudir a ese servicio (o bien), se habla de un monopolio, el cual casi siempre ofrece precios por arriba de lo que una persona estaría dispuesta a pagar.
En México, un buen ejemplo de la baja de precios de servicios es la telefonía celular. Los precios de los servicios de telefonía (sin contar el teléfono) han ido para abajo desde la década de los 90 cuando el mercado de telecomunicaciones nacional comenzó a abrirse a partir de la inversión de dos importantes jugadores: Telcel y Iusacell.
Poco a poco llegaron más empresas de telefonía al país para ofrecer distintos servicios, lo cual hizo que el precio bajara.
Algo distinto sucede con los bienes físicos.
El precio de un bien depende de la cosecha, del transporte, del dólar. El precio de un servicio depende sobre todo de cuánto gana quien lo presta.
Por eso los bancos centrales miran ese renglón con más atención que ningún otro. Los servicios pesan mucho en el índice de precios y se mueven despacio, en las dos direcciones. Una inflación que se instala ahí tarda años en bajar.
La próxima vez que lea que la inflación cedió y no lo sienta, revise qué bajó. Probablemente fue la despensa, no la renta.



