Cuando un festival anuncia funciones gratuitas, la pregunta obvia es quién paga. La respuesta casi siempre es una mezcla de cuatro fuentes: dinero público, patrocinio privado, taquilla y coproducciones con otras instituciones.

La taquilla es la más visible y la más engañosa. En artes escénicas rara vez cubre el montaje: el costo de producir una obra no baja porque haya menos público, y el aforo tiene un techo físico.

El dinero público suele llegar etiquetado, es decir, con condiciones sobre cuántas funciones gratuitas o cuántas compañías locales debe haber. Por eso los programas con mucho apoyo público tienden a parecerse entre sí.

El patrocinio privado empuja en otra dirección: busca visibilidad, lo que favorece nombres conocidos y sedes céntricas. Y la coproducción reparte riesgo entre instituciones, a cambio de compartir decisiones artísticas.

Leer un festival por su mezcla de financiamiento es un buen atajo. Si crecen las funciones gratuitas y se reducen las sedes, probablemente hay dinero etiquetado y poco presupuesto de montaje al mismo tiempo. Las proporciones varían mucho entre países y disciplinas, así que conviene pedir el desglose antes de concluir.